22 de febrero de 2010

Arreglarás el mundo

A mi hermana

Cuando Paula era niña, además de caracterizarse por su enorme melena azabache, llena de tirabuzones y encanto; por su vivaracha naturaleza, siempre dispuesta a regalar una risa; o su incondicional admiración a Merlín el Encantador; creía que todo se podía arreglar con cinta adhesiva. Si se rompía un dibujo, un juguete, un jarrón, una ventana, una suela.

Creció, perdió parte de la magia y olvidó los remedios de su infancia. La primera vez que lloró desconsolada por las injusticias del corazón, su hermano le regaló una cajita envuelta en dibujos de cuando eran pequeños. Conmovida, rasgó con cuidado el papel, abrió la caja. En su interior, un rollo de vulgar cinta adhesiva la esperaba.

–¿Qué quieres que haga con esto? –le preguntó sorprendida.
–Arregla el mundo, como cuando tenías cinco años.

Paula tuvo que meditar concienzudamente aquellas palabras, ahondar en la memoria. Una vez lo hizo, sonrió agradecida, consciente de que no era la cinta quien tenía la virtud de restaurar lo quebrantado, era su voluntad.

19 de febrero de 2010

Payaso, Laura Escuela

Cuando Laura vio esta imagen, algo la movió por dentro, la condujo a escribir un poema precioso. Aquí lo publico.



Desmigajas tus dedos en el banco del parque
no das de comer a los colores
con tu sonrisa roja y blanca
Te rodean las palomas
-penas acorralándote el pecho-
caes.
El rojo de tu sangre evoca tus años de narices redondas
zancos y trompetas
y gritas
ahuecando la acera con tus puños
ahuyentando a niños y cometas
No puedo
No puedo
lloriqueas boca abajo
enumerando los charcos que ya no pisan tus botas
Se retuercen sobre los adoquines tus sueños más viejos
los ojos felices de los niños
las manos de tu madre
la risa del mundo

Te miro y quiero reescribir la historia.

Payaso destruido
baila para mí
levántate
apréndeme y hazte reír
no contengo mucha luz
pero estoy repleta de amarillos

16 de febrero de 2010

Como para seguir jugando a ser payaso


Puede que te de igual, pero a mí no. Lo que hagas o dejes de hacer, sí me incumbe. Interfiere. Se agarra dentro. Por eso, se acabó. Ya es suficiente. No seré yo quien corte tu libertad. Sin embargo, a mi costa, no habrá más risas, ni bromas, ni malabarismos sentimentales, ni muecas de sorpresa, ni narices rojas que tilden tus mentiras, ni maquillajes que disfracen mi esencia. Las lágrimas siempre estropean la pintura. Hace mucho perdí la sonrisa. Y los años pesan, demasiado, como para seguir jugando a ser payaso.

11 de febrero de 2010

Frenesí y sesos

Tendidos sobre la cama, apenas tapados por una sábana, Adán le preguntó: ¿Qué parte de mi cuerpo te gusta más?
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No hizo falta que Eva lo meditase demasiado, ya sabía la respuesta: El cerebro.
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Tímido, sonrió por la conclusión de un sexo, hasta el momento, mal practicado y la promesa de uno mejor a punto de cumplirse. La atrajo hacia sus brazos. Le susurró en el oído palabras fatales. Reconstruyó un camino de piel y besos que le llevó del cuello a los labios. Subió a la sien. Tiró del pelo, suave. Luego con fuerza. Cuando al fin dejó al descubierto el hueso, retiró la tapa, acarició el encéfalo. Eva cayó gozosa sobre las almohadas, rogándole que continuase, que se follase su intelecto. El órgano de Adán se excitó. Lo liberó de su prisión, con el pecho henchido de orgullo; se lo expuso a su compañera, quien lo recogió extasiada, suplicando presteza. Pivotó sobre la cama, ardiendo en deseo, apuntándola con su miembro erecto. Acercó cabeza con cabeza, y se entregaron a una arrebatadora noche de frenesí y sesos.
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A la mañana siguiente, cuando los policías encontraron los cuerpos, desnudos, unidos por sus cráneos huecos, no entendieron nada. Sus ojos sólo fueron capaces de ver un crimen horrendo, y no cómo el paroxismo consumió la materia gris de unos amantes abandonados a la sublime experiencia de un amor bien entendido, y mejor hecho.

5 de febrero de 2010

La rata y el diluvio

Siempre había querido toparme de frente con una rata. No por nada en especial, sino porque todo el mundo se ha tropezado con una a lo largo de su vida. Sabiendo que aún me hallaba en los comienzos de la mía, sólo era cuestión de tiempo que el encuentro sucediese.

Tengo que aclarar que no siento ningún tipo de aversión ni de extraño fetichismo. Sólo quería tropezarme con un ser que está presente en nuestro día a día, pero se oculta, es escurridizo. Para mí no haber visto jamás una rata, era comparable a no haber visto jamás una cucaracha, algo inconcebible.

Una vez creí ver una. Tan pronto salió de su rendija, se volvió a meter. Tal vez no fuese una rata, sino un ratón. Quizás, no fue nada, sólo una sombra que se coló en mi inoportuno pestañeo. Por un momento me paré en seco, esperando que volviese a salir. Al no hacerlo, proseguí con mi camino, que llegaba tarde.
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En otra ocasión, nos hallábamos –la familia y yo– en la finca de unos amigos. Mientras todos veían ratones campestres de un lado a otro, yo no sorprendí a ninguno. Cada vez que apartaba la vista, pasaban. Cuando alguien me señalaba la puerta, en el breve instante en que giraba la cabeza, ya habían desaparecido. Y por ironías del destino, me mudé a una casa donde las ratas se paseaban por las tuberías del sótano, sin llegar a exponerse.

Así andaba yo, deseando coincidir con una rata.

Hace relativamente poco, cuestión de semanas, en uno de esos ataques repentinos de espionaje vocacional, me subí a un muro, para fotografiar mejor el objeto de mi interés. El tabique en cuestión tapiaba un solar abandonado, y en cuanto terminé el trabajo, me di la vuelta, sondee el terreno, expectante, pero no vi ninguna.

Fue este lunes torrencial, cuando, habiéndome dejado llevar por la ociosidad, me dieron cerca de las tres de la tarde en la oficina de mi padre, que se sitúa justo una calle por encima de mi casa. El hambre apretaba, y sí, llovía con saña desde hacía cerca de un cuarto de hora. Cómo iba a imaginar que en quince minutos todo se inundaría. El agua bajaba por el asfalto, brava, decidida. Yo caminaba por la acera, afanado en que mi paraguas no se lo llevase el viento, y en éstas, al girar la esquina, la encontré. Vencida, asfixiada. La rata, pequeña, con la cola enorme, se descubría mojada. Lánguida.
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En un principio, casi paso de largo. Por la prisa, por la necesidad de llegar cuanto antes al hogar. Cuando mi cerebro procesó la información y se dio cuenta de la coincidencia, retrocedí sobre mis pasos, me agaché a su lado, la inspeccioné. En efecto, era una rata; y para nada imponía. Ésta respiraba con dificultad, aspirando grandes bocanadas de aire. El tórax se le hinchaba y deshinchaba en una impetuosa lucha por la vida. Después de un rato ignorándome, el roedor giró la cabeza, me contempló con sus vidriosos ojos negros. En cuanto comprendió mi postura, apartó la vista, se entregó a su agonía. Su determinación me sobrecogió. Seguía lloviendo con fuerza sobre su pelaje, y ella se negaba a tirar la toalla. De pronto, me resultó bella. Noble. Me la hubiese llevado a casa, como quien recoge a un perro o a un gato sin dueño. Pero no podía, con ella a cuestas, ninguno de los dos hubiésemos podido entrar en ningún lugar.
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Cuando comprendí que no había nada que hacer, y que observarla era un espectáculo patético, una ofensa a su dignidad como ser vivo, la dejé sola, en aras de su suerte. Crucé el inesperado río que me conducía a casa. Abrí la puerta con los pies empapados. Cuando me quité los calcetines y me sequé, una inmensa melancolía me invadió. Ella era mi rata y yo la abandoné.
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Estuve toda la tarde pensando en su fragilidad, en mi indecencia. La imaginaba encima del pavimento, desesperada; acometida por un río de lodo; arrastrada a los infiernos del mal tiempo. La noche llegó, y con ella, la sombra de su muerte. Lo supe, sin más. Como lo sabía cuando la dejé. Sólo había dos opciones, salvarla o dejarla morir. Y opté por la peor de ellas.
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Dos días después, pasé por nuestra esquina –dicen que los criminales siempre vuelven a la escena del crimen– y allí estaba, todavía esperándome, sólo que esta vez, era demasiado tarde.
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3 de febrero de 2010

Lluvia

En Primaria (ya ni recuerdo cuándo) escribí un pequeño texto, diminuto, permeable, lleno de sentimiento. Años después –sobre 2005–, lo reencontré, y por algo, me emocionó. Quise reescribirlo, adaptarlo a la mentalidad de aquella época.
En estos días de trombas y ríos improvisados, no he podido evitar pensar en él. Por eso lo expongo.
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¿Es la lluvia sólo agua que cae sobre nosotros? ¿Sólo gotas que recuerdan viejas historias, de dolor y sufrimiento, que nos desolaron un día oscuro y calado? ¿Quién nos lo contestará?

Sólo sé que el cielo llora desconsolado. Quizá le demos pena. Quizá intuye el futuro de una raza destinada a destruir todo lo que su mano abarca. En todo caso, ella no cambia. Siempre por encima de nosotros. Distante y fría. Soltando pedazos hirientes de lo que es. Gotas que siembran tristezas en nuestras almas húmedas. Semillas que nacen rebosantes de esperanza, para luego ser pisoteadas por botas que sólo quieren dejar huella.

No somos más que un producto de nuestra propia evolución. Ruedas mal engrasadas. Máquinas con vida y sin metal. Relojes incapaces de predecir el tiempo que importa al corazón. Toneladas de tuercas sueltas que se oxidan con el paso del tiempo. Herrumbre que ciega. Y aún así, la lluvia nos inunda con su dulce sabor. Siempre arriba. Grande e incorrupta. Azul y pura. Regando flores que sólo crecen al darles cuerda.

Y hoy cae, cortina transparente. Cae satisfaciendo los deseos. Le rogamos que venga y vaya en un vaivén de caprichos y necesidades. Que juegue con nosotros pero no nos descubra. Que no limpie engaños, mentiras o misterios, con lágrimas imposibles de digerir, porque nos envenenará con el amargo sabor de la verdad.

¿De dónde vienes, lluvia? ¿Qué ocultas entre tus nubes grises? Serán las sombras de la melancolía más cercana a la muerte que al verde de tus prados. Serán rayos sonrientes con arcos de siete colores. O recuerdos negros de una vida pasada. ¿Cuál es tu secreto, lluvia? ¿Por qué lloras? Miramos hacia arriba, atentos, aunque sólo sea por racionalizar con impulsos mecánicos tu magia y sinceridad. Si puedes, no dudes, lluvia. Danos fin, con el plateado de tus balas repletas de sentimientos olvidados. Pues ya eres tú humana, y nosotros sólo agua.

2 de febrero de 2010

I Concurso de Crítica Cinematográfica, Revista del Aula de Cine de la Universidad de La Laguna, PSICOSIS.

El lunes por la noche emitieron Tapas (2005). Durante la cena, di con ella, por casualidad. De pronto, recordé cuánto me había gustado, por su sencillez y frescura.

Me vino a la cabeza que entre 2005 y 2006, de cada película que veía en el cine, escribía una crítica –bajo seudónimo– y la enviaba al consultorio de una afamada revista a nivel nacional. Al principio no me hacían caso. Luego, como por arte de magia, comenzaron a publicarme fragmentos de las mismas, incluso a contestarme. En un año conseguí salir impreso más de ocho veces, lo que no está nada mal. Sin embargo, una vez conseguido el objetivo inicial, me aburrí, decidí invertir el tiempo en otros asuntos de mayor relevancia.

El caso es que estábamos viéndola, cuando mi madre se acordó de que con ella había ganado un concurso de crítica cinematográfica. En efecto, en 2005 me presenté a un certamen que proponía la revista de cine de la Universidad de La Laguna, PSICOSIS. Y tan pronto como me presenté, lo olvidé. A los meses, cuando recibí un correo afirmando que era el ganador del primer premio, y que mi crítica se publicaría íntegra en un espacio de la revista en el mes de Mayo de 2006, no me lo creía. ¿Cómo pude olvidar que me había presentado al concurso? ¿Cómo pude, después, olvidar que lo había ganado?
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No sé cómo funciona la maquinaria de la memoria. Ni siquiera creo quedarme con una selección de los mejores momentos de mi vida. Me abstraigo, estoy siempre en otro planeta. No considero que eso sea ni bueno ni malo. Sólo sé, que de vez en cuando, me sacude alguna vieja sorpresa con renovada intensidad.
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Y aquí lo que salió publicado:
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Como lo prometido es deuda, en este nuevo número de la revista Psicosis, publicamos el texto ganador de nuestro I Concurso de Crítica Cinematográfica. Pedíamos que fuera una película española y estrenada en 2005 y fue lo que hizo Joaquín Artime que eligió Tapas, ópera prima de José Corbacho y Juan Cruz y que consiguió el pasado enero dos Goyas: Mejor Dirección Novel y Mejor Actriz de Reparto para Elira Mínguez. ¡Felicidades, Joaquín!
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Tapas

"Esta película española que tanto ha impresionado a crítica y público, y he de admitir que con mucha razón, combina a la perfección sencillez, realidad, humanidad y sentimientos, con toques de humor y drama como contrapunto, sin pecar en ningún momento de pretensiones algunas.

Parece mentira que José Corbacho (el mismo que tan antipático cae en Buenafuente y tan bueno es en Homo Zapping) haya, junto a Juan Cruz, escrito y dirigido la que será (a mí no me cabe duda) una de las más brillantes películas del año, y no me refiero sólo al panorama nacional. Ambos han conseguido con la sabia elección de las historias de un barrio cualquiera, acercarnos al mundo que nos rodea y que no nos paramos a observar. Conchi, Raquel, César y Lolo nos presentan pequeños fragmentos de vidas palpables, cercanas, que creen que no van hacia ninguna parte, sin percatarse de los innumerables pasos que han dejado atrás. No trata los fracasos, sino la manera de superar los altibajos.

Así pasan ante nuestros ojos, con una imagen tan sencilla como hermosa, (que sorprende viniendo de unos directores noveles; ya querrían muchos consagrados conseguir rozar la perfección de algunos planos), una abuela camello, una mujer madura y un joven enamorados, además del dueño de un bar con ideas machistas. Personajes entrañables y reconocibles, que nos muestran secretos que hablan de amor, muerte, amistad y orgullo. Interpretados por un reparto insuperable donde todos los actores no sólo están a la altura, sino que llegan al infinito y más allá. Tal vez deberíamos hacer una mención especial a María Galiana por un trabajo magistral, y a la estupenda Elvira Mínguez.

En fin, “Tapas” no es una simple comedia dramática a la española, sino una muestra de cómo la sencillez es una virtud llena de vitalidad, y cómo detrás de cada uno de nosotros se esconden grandes relatos que merecen ser contados. Tal vez por eso, llega a perfilar dos de las más bellas historias de amor jamás relatadas, la de un comienzo y la de un final. Es precisamente ahí donde reside toda su grandeza, pues con la apariencia de un humilde aperitivo que pretende calmar la sed del hambriento, degustamos un verdadero manjar".