4 de diciembre de 2014

Símbolo, icono e indicio, por Dalia de la Rosa

Adjunto el artículo que se ha publicado hoy en The Lighting Mind:


“Escribir es lo interminable, lo incesante.”
Blanchot

A la altura de las circunstancias es la intervención del artista Joaquín Artime para la exposición colectiva comisariada por Marlon de Azambuja en el Espacio OTR  de Madrid en el marco de la feria Estampa recientemente clausurada.

El lenguaje habla a través de nosotros como una reiteración permanente y presente de forma incesante en el cuerpo como contendor de palabras. La aglomeración de su representación gráfica en el espacio se establece como reto en La vietnamita, una muestra que se desarrolla en torno a la idea de repetición, reiteración y reproductibilidad, conceptos que describen a grandes rasgos un proyecto en el que los artistas tratan de una forma u otra las nociones de reproducción benjaminiana y de resistencia asociada a la idea de la vietnamita como máquina que en el régimen franquista utilizaba el bando republicano para reproducir panfletos de resistencia.

Joaquín Artime es un artista que se vincula siempre a la eterna búsqueda de sí mismo, con un análisis obsesivamente autobiográfico, y al registro de todo aquello que le rodea. Ese afán por preservar proceso, objeto y circunstancia encontrada le convierte en un símil del testigo que le aleja de la pintura como espacialidad primigenia para convertirse en cuerpo de acción. Artime tienta constantemente los límites por la necesidad de ofrecer distintos niveles de lectura, de ahí el desarrollo que experimenta desde que comenzara a usar las letanías de forma expresiva. Éstas como cuerpos de texto escritos al revés sin espacios ni signos de puntuación comenzaron a desplegarse por diferentes superficies, cristalinas en su mayoría, pero también de forma vírica sobre objetos de uso cotidiano.

Cada una de estas intervenciones ahondaba en un texto autobiográfico, nada casual y vinculado a su tiempo más cercano, a su testimonio como sobreviviente de su propia vida. A la altura de las circunstancias quizá puede convertirse en el fin de un ciclo que empezara con la necesidad de subvertir el soporte de comunicación y trasladarse de forma expresiva a otras superficies alejadas del lienzo. Artime se está transformando en artista de acción, con un componente de performatividad que desde la pintura planteaba escenas cotidianas como acciones diarias vinculadas a formas humanas que pocas veces coincidían consigo mismo, pero que ahora con la reproducción lingüística toma la posición más honesta posible con el cuerpo y con su movimiento, siempre presente como límite y comienzo.

La letanía desarrollada sobre la pared del altillo del espacio formando una estructura en “L” no se expande intencionadamente hacia los cristales como es habitual en el artista. Esta vez no existe el juego del reflejo, de la transparencia, si no que las palabras se asientan sobre la opacidad del muro. Ésta es una contaminación contenida, una reflexión acerca del problema de la reproductibilidad, repitiendo una y otra vez el mismo canon-mantra discursivo con posiciones corporales cambiantes sujetas a una duplicidad afortunada, el empleo de 20 horas de trabajo y 20 rotuladores para escribir.

Las coincidencias no existen para Joaquín Artime, todos los encuentros que a priori se presentan como fortuitos tienen una lectura de destino tanto en su vida como en su obra. Por lo que éste –la sincronía- es el punto en el que el contexto también funciona como contenido de unos códigos lingüísticos que se plantean como soluciones de continuidad, que no pasan por la resolución si no por la conveniencia del uso antigramatical del elemento primordial del lenguaje: la fluidez comunicativa, reelaborada aquí en un muro opaco cuya medida metafórica es 20x20. ¿Llegamos aquí a la aporía de su obra? Puede que aquí se presenta un quiebre, una inviabilidad racional entre la utopía personal y el desencanto. La imposibilidad de uso, de la precisión de su lectura al revés no acerca si no que aleja. Tras la pérdida de reglas nos adentramos en un agramatismo visual y espacial que juega con el paradigma afásico del lenguaje en trance de descomposición, desarrollándolo a la inversa. El artista elimina la relación de semejanza mediante el automatismo de repetición, toma su principio en la insistencia de la cadena significante como correlativo de la existencia. Desde el lugar extrínseco –donde se sitúa el sujeto-, no representa la experiencia sino la inconsciencia como el discurso del OTRO; el propio Artime transformado en exterior de sí mismo.

Símbolo, icono e indicio son los únicos parámetros para crear una trama en el discurso. Dentro del contexto espacial se genera un monolito visual, que propone la diferencia dentro del contexto cotidiano, un símbolo, un componente de futuro como icono gráfico. Esta interacción espacial cambia algo, la forma de relacionarse con el espacio del intérprete –Artime no trata al espectador como mero observador sino como una suerte de exégeta- que imita la noción de cuerpo girando la cabeza, el cuello, la columna, siendo lo opuesto a la pasividad visual. Llegar a la relación entre las palabras A-la-altura-de-las-circunstancias supone la necesidad de eliminar los espacios y los signos de puntuación entre ellas, reducirlo literalmente al cuerpo del lenguaje. Una lógica con un simbolismo concreto y que recupera lo que en el mundo es complejo por la suma de los hechos. Artime lo que genera es, a través de la eliminación de cualquier asidero lingüístico, la evidencia de los límites, de los límites del campo visual sin opción a la dialéctica por lo que no se puede pensar ningún objeto –cuerpo de letra- fuera de su conexión con otros objetos, de tal manera que la relación entre pensamiento y lenguaje es la propuesta de significado.

La forma del discurso no está sujeto al empleo de figuras retóricas, pues la retórica implica una desviación del sentido que parte siempre de la existencia de un punto de partida o de un límite, un “grado cero”, un apartarse de la gramática que se aleja de la norma. Artime dinamita esas reglas de comunicación y utiliza el lenguaje como huella expresiva, como indicio que se posiciona en su propio grado cero, alejándose de lo inesperado y usando el shock psíquico como una categoría textual, estableciendo relaciones significativas nuevas.

Esta pieza plantea un descontexto y un desconcierto donde el intérprete, como decíamos, tiene un papel importante. Artime no disfraza la palabra de otra cosa que no sea su origen formal, sino que concibe la experiencia como la experiencia del silencio, el tránsito de una letra a otra. Así mismo, se percibe de forma literal que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” tal y como prefiguraba de forma radical Wittgestein. Esto es reconocer la totalidad del sistema de comunicación y la determinación lógica del mundo. A la altura de las circunstancias es la tautología: límite-mundo-lenguaje.

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