13 de mayo de 2011

María Laura Gargarella

"Cuando alguien vive una situación de agresión en la calle, lo primero que hace por puro instinto es mirar a los costados buscando ojos ajenos que puedan certificar lo ocurrido. Otras miradas que acompañen. Con el dolor a veces pasa lo mismo: nos hacen falta testigos. El ser vistos u oídos mientras atravesamos algún conflicto nos reconfirma que eso que nos sucede es real. No estamos locos. No mentimos. Si alguien ve, da entidad: entonces eso existe. Por eso tener un testigo de la propia llaga es un alivio. Cuando alguien viola un cuerpo, viola más que un cuerpo. Manosea muchas otras partes, incluso aquellas que no pueden tocarse. Las personas que han sido víctimas de abusos se separan de sus huesos durante ese trance. Vuelan con la cabeza lejos, a otra parte. Es un viaje largo y solitario. Y cuando vuelven, vuelven sin voz. No sólo la dignidad y la piel les han sido robadas sino también lo más sutil: las palabras."

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