22 de abril de 2011

Soy tantos

En estas últimas semanas he querido hacer balance de mi trayectoria artística. Los que me leen, suelen sentir que mi ojo enfoca aquellos aspectos que me hacen daño. Lo cual no es cierto. Es mi palabra la que expulsa malos recuerdos, para alejarlos de mí. Pero les doy la razón en que, también, debería de otorgarme la oportunidad de disfrutar, de recrearme al escribir aquello que me alegra el alma. Por eso, lo he llevado a cabo.

Por cada revoltura, presento una luz. Para no alargar el proceso, he reducido la lista a cuatro hechos. Los más significativos, tal vez por ser los primeros. Los he etiquetado como microrrelatos pese a ser totalmente autobiográficos (hasta el momento sólo me he permitido el lujo de contar mi vida en esta sección: Si te digo la verdad). Y para mi sorpresa, siento que se me han quedado muchísimas historias llenas de optimismo en el tintero.

Ha sido difícil decantarme por unas y no por otras. Sobre todo, ha sido difícil no hablar de personas. Algunos han aparecido como personajes secundarios, cuando en realidad son los protagonistas de mi día a día, como Luis. Sin él, sin su fe y su apoyo, como galerista, como amigo, creo que me sentiría perdido, solo. O Elisa, a quien conocí por casualidad, y por uno de esos escasos actos de valentía, nos hemos convertido en íntimos. O Tomás. O Dalia. O Noemí. O Susana.

Son tantas cosas las que hemos compartido. Son tantos nombres los que han estado ahí, con su presencia, sus ánimos, sus palabras llenas de encanto y magia. Mi padre, que viene conmigo, me echa una mano en lo que haga falta. Mi abuela, que está convencida de tener un nieto intelectual, llega incluso a decir que erudito, y a mí me hace gracia. Ale, que si le pido ayuda ni pregunta a qué. Me tienden las manos y aprietan con afecto. Siempre al pie del cañón. En cada exposición. En cada momento.

La lista es interminable, se imaginarán. Pero todos tienen su hueco. Laura, por ser la primera que vi llorar ante una pintura, además, mía (y aún hoy, yo busco que una obra me emocione tanto). Ángela, que sabe escuchar y me regala lo que necesito. Julio Alberto, un soplo de aire fresco, de vida. Mi tía, quien se araña el pecho tratando de explicarme lo que le sucede dentro.

Aún quedan por nombrar a los incondicionales. A los que me leen. A los que participan en La letra sin fin. A las viejas amistades. A las nuevas. A los que me han visto crecer. A los que lo hacen conmigo (mi oscura Davinia, mi eterna Esther, Daida, Élida, Esteban, Dani). Sobre todo, a los que me han ayudado a continuar creciendo. A los que han apostado por mí y ahora cuelgan pedazos míos en su salón.

Y aunque yo quería especificar. Contar anécdotas, antiguos asombros. Hablar del buen trato y la ilusión, la expectativa cumplida y la dosis precisa de locura, siento que no tengo espacio, porque no es justo dividirme, y yo soy tantos.

2 comentarios:

  1. no hay que dar las gracias cuando ya se dan por dadas, cuando se hacen las cosas de corazón, cuando realmente se hacen sin pedirlas.....mereces lo que recibes y recibes lo que mereces......

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  2. mi coshaaaa ayy lo que yo lo quiero carajooo

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