18 de abril de 2011

Lo peor

Mi mayor decepción no tuvo que ver con un amigo, sino con un profesor. Un año después de haber sido alumno suyo, me seleccionaron para una exposición. Por email, convocó una reunión, en ella se suponía que debíamos presentar el objeto de nuestro trabajo. Lo que me alertó fue: Quedan tres meses y hemos de trabajar para ofrecer lo mejor.

Por aquel entonces, yo andaba inmerso en mi primera individual. Cambiar el proyecto me era imposible por una cuestión de tiempo. Aquella noche dormí mal, estaba inquieto. Fui antes de la hora fijada, para hablar con él. Me recibió y no me anduve por las ramas: ¿Hay algún problema con mi obra? Me aseguró que no. Menos mal, porque no tendría tiempo para comenzar algo nuevo, le informé.

Cinco minutos después, expuse mi propuesta. Me pone muy nervioso hablar en público, y el enfoque que le di, desde luego, no fue el acertado. En seguida me llovieron críticas. Comprensibles todas ellas, hasta que el mismo profesor comenzó con un listado bien hilvanado, bastante largo, de por qué mi obra no sólo era floja, sino mala. Según él, debía de esforzarme, después de todo, yo era de todos los presentes, el único al que el jurado estuvo a punto de no escoger. Ante mi cara de sorpresa añadió: ¡Ah!, ¿no sabías que estuvimos a punto de no cogerte? Pues sí. Fue así.

Me lo sospechaba. Por eso había ido a hablar con él. Por eso le había insistido con mi pregunta, con dossier en mano. Nunca entendí por qué no fue sincero y esperó a tener público para sí ser desleal.

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