20 de abril de 2011

Lo mejor

Entre que soy despistado, y todo me da vergüenza, si es por mí, se me volarían muchas oportunidades.

Una mañana fui a ver a Susana. Cuando entré en la tienda, mi amiga estaba liada con unos clientes, los saludé y esperé a que terminasen, ya estaban saliendo. Antes de irse, el hombre se dirigió a mí: Tú y yo nos conocemos, ¿no? La verdad es que no me sonaba de nada, y lo negué. Sí, insistió él, tú pintas. Afirmé con la boca pequeña. Es que yo tengo un cuadro tuyo. Y como la cara del hombre seguía sin sonarme, le dije que no era posible. Hombre, sí, de Stunt.

Me indicó el cuadro y me di cuenta. No me lo podía creer. Apenas nos habíamos cruzado cinco minutos hacía dos años. Todo había sido muy rápido, pero sí, entonces me vino. Sus ojos vivarachos. Su sonrisa entusiasta y satisfecha.

Me alegré un montón. En primer lugar, por haber tenido paciencia y haber sido capaz de insistir. Me hizo mucha ilusión volver a tropezarme con él. Me preguntó por lo que había hecho durante ese tiempo, le conté y le ofrecí todo lo que llevaba encima (por aquellos años siempre cargaba en la mochila con catálogos y tarjetas). Nos intercambiamos los teléfonos, los emails, y le di la dirección de mi página web y mi blog.

Al poco me mandó un correo. Desde entonces, nos solemos ver, muy de vez en cuando, a mi pesar; me gustaría que fuese más. Pero en esos pequeños ratos, hay un intercambio de energías y una comprensión brutal. Me maravilla su forma de ser, tan positiva, tan abierta a la vida. Irradia tranquilidad y calma. Sabiduría. Se preocupa por si estoy bien y sigo creando. Le siento cerca. Siempre me aconseja que enfoque mi atención en aspectos que me ayuden, refortalezcan mi persona. Y tiene razón.

En sus observaciones es coherente y audaz. Guiado por sus inquietudes, se interesa e indaga. A veces me parece que se levanta sobre el suelo, seguro, firme, y nadie y nada lo podrá derribar. Está claro que se ha ganado el más profundo de mis respetos. Y cada vez que hablamos, trato de estar a la altura, pero ante todo, ser sincero. Me lo debo. Se lo debo.

Me lee, y se sospecha que mi espíritu se ve mermado al concentrarme en lo malo. Yo le aseguro que escribo lo que escribo porque me ayuda a expulsar según qué cosas. Y es verdad. También es cierto que me cuesta teclear aspectos amables, seguramente, porque son los que para mí me quedo. En cualquier caso, por su apoyo incondicional, su atención y su anorak, lo llevo dentro, le quiero.

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