12 de abril de 2011

Lo bueno

Nunca me he tomado los halagos demasiado en serio. No me alimentan. En absoluto. Es más, considero que pueden ser una perfecta fuente de distracción. Sólo en algunos casos se crea un idilio. Para disfrutarlos, hay que saber distinguirlos.

Me hallaba con Luis en la Stunt. Mi primera individual veía la luz sobre sus paredes. Era sábado por la mañana, habíamos hablado durante horas y nos disponíamos a cerrar. Las 13.05. Justo en ese momento, entró un adolescente de unos trece años. Apenas nos miró con el rabillo de los ojos. Luis se encogió de hombros y esperamos unos minutos más, de pie, con el candado y las llaves en la mano.

Una vez dentro, con cierta indecisión, el pibe se tomó su tiempo. Al finalizar el recorrido, pasó por delante de nosotros sin mediar una sola palabra, y se marchó. Luis me dijo: Hombre, al menos que me hubiese dado las gracias, que le podría haber pedido que viniese otro día. Ahora era yo el que se encogía de hombros. Y nos reímos.

A la semana siguiente, el muchacho volvió, en horario de sala, solo que esta vez con sus padres. Sonrojado y con la cabeza gacha, él no fue capaz de hablar. Los padres le contaron a Luis que el sábado había llegado a casa completamente entusiasmado. Había visto una exposición en una galería. Nunca antes había entrado, pero aquél día algo lo atrajo. Y lo que halló le sorprendió. Insistió en volver, porque ellos también tenían que ver aquellas pinturas. Es más, quería que comprasen un cuadro. Al mirar los precios, le indicaron al hijo que tenían que hacer cuentas. Nunca volvieron. El chico sí.

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