14 de enero de 2011

Cupícula

A Elisa, por tantas razones
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Tuve un sueño. Caminaba por mi calle. Al llegar al final, te encontré, como por casualidad. Tú no venías a verme, simplemente estabas allí. Parecía tan buen lugar como cualquier otro. Dabas vueltas, lentamente, buscando en tus adentros. Sin ansiedad, pero con cierta desazón. Te pregunté si pasaba algo. Me sonreíste, con esa sonrisa tuya de boca ancha y ojos estrechos, con la ternura que debías tener a los seis años. Nada, dijiste, te sentaste y miraste unos apuntes. Estoy escribiendo un artículo sobre pelos en el arte. Aquello me pareció extraño, por poco usual. Por mi mente pasaron imágenes de venus con enormes melenas, de todos los colores, esculturas de cabello rígido, animales, perros, caballos, incluso un abanico de pinceles. ¿Pelos?, pregunté. Sí, y no le encuentro título, respondiste. Quiero que sea una sola palabra, atractiva, con fuerza, pero por más vueltas que le doy, no la encuentro.

Entonces me vino: CUPÍCULA.

¿Cupícula?, inquiriste. Sí, cupícula, aseguré.
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Torciste el gesto. Supe que en tu cabeza estabas cuestionando la palabra, no tanto por su significado como por su sonoridad. Tus comisuras se alzaron de satisfacción, aunque con una duda sin resolver: ¿Y a qué hace referencia? Me encogí de hombros, porque a mí la palabra me había asaltado con una seguridad absoluta, pero sin saber muy bien de dónde había salido, como tantas otras veces. Me aventuré: Creo que a la raíz del cabello, pero no me hagas mucho caso, será mejor que la busques.

Sin embargo, ya te había engatusado. Cupícula, repetiste. Me gusta.

Al despertar, fui directo al diccionario. La palabra no existe, aunque podemos hacer que exista; no, mejor dicho, tú puedes hacer que exista. Por eso, te la ofrezco, por si la andabas buscando.

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