20 de mayo de 2009

ÚBEDA, de cerros y otros lugares, por Elisa Falcón

“[…] Pero si tú me miras,
decidida a existir
desde el fondo templado de tus ojos,
también existe el mundo.
y muy probablemente
yo acabaré por existir contigo.”

“Disciplina Secreta”, Luis García Montero.
Del libro “Completamente viernes”.


Si nos fiamos del título de este trabajo, resultará fácil caer en la tentación de sentirnos seguros. A quien ha tenido la suerte de estar en Úbeda, la ciudad se le aparece como un espejismo de piedra, como una isla repleta de Historia y arquitectura en medio de un asfixiante mar de olivos sedientos. Úbeda es un referente concreto. La conozcamos o no, Úbeda es un lugar en el mapa del mundo.

La perspectiva de acudir a ver unos cuantos cuadros de paisajes es siempre, además, una buena opción para ocupar la tarde ociosa. La pintura de paisajes nos alivia porque no suele exigirnos reflexiones sesudas, profundas aseveraciones cargadas de erudición o de sabiduría. No nos sentimos absurdos, estafados, ignorantes, ante lo que podemos reconocer.

Es así. Si nos fiamos en exceso de lo que leemos, de lo que vemos, de lo que nos dicen, nos aventuramos a sentirnos a salvo. Corremos el riesgo de creer que no vamos a correr ningún riesgo.

Ocurre que Joaquín Artime no ha estado nunca en Úbeda. Una vez pasó muy cerca y se juró a sí mismo que algún día volvería a conocerla. Cuando me lo contó, le animé fervientemente a que fuera. Lo hice porque creía que su Úbeda era la misma que yo conocía. Caí en la trampa de la literalidad. Pero después de haber conversado con él, de haber entrado en su casa, de haber visto sus cuadros, creo que no debería ir nunca.

Úbeda, sus cerros y sus lugares, los que son para él, están en esta exposición auque no haya estado nunca en ellos. Úbeda, palabra mágica, es el lugar ensoñado en el que habitan las cosas interiores. Cervantes nunca quiso acordarse de cómo se llamaba aquel lugar de La Mancha. No hay cementerio de Macondo al que llevar flores a la estirpe condenada a cien años de soledad. Y que nadie se atreva a decirnos que esos lugares no existen por no aparecer en un mapa.

Su Úbeda no son paisajes. Son personas. La gente que vive con él, alrededor de él y dentro de él. Personas reales. La realidad es, en la obra de este joven artista, tan importante como la ensoñación. Por eso, muchas veces, sus seres de carne y hueso están vueltos hacia sí mismos, hacia el sueño, hacia el pasado, o simplemente, no están enteros. Aspiran al ensimismamiento, reivindicado como una parcela para la individualidad, no para la alienación.

Con la curiosidad insaciable del mirón, espía y atrapa en su ojo mecánico retazos de esa realidad que le circunda y que habita. A veces sabe lo que busca. Otras, él es el encontrado por lo que existe más allá de su cámara. La fotografía es una parte importantísima de su proceso creativo, porque le permite captar el entorno, paralizarlo, descomponerlo, sorprenderlo en su momento más íntimo, mágico y pasajero. Luego, con la paciencia y la minuciosidad del entomólogo, del relojero, construye otra realidad. La suya.

Le gustan las cosas como son y le interesa cómo son las cosas. Quiere entender de qué están hechas. Por eso dedica a sus cuadros el tiempo que necesitan. Se encarga de cada parte del proceso. Es paciente y entregado. Cuando pinta, literalmente se aísla del entorno más inmediato, del que le ha proporcionado la materia prima para empezar a trabajar.

Y crea. Sus obras son creaciones, no recreaciones. Pese a la inmensa y a veces traicionera verosimilitud, cualquier parecido con la realidad es pura pintura. Siempre deja un espacio para la pincelada más libre, más visible, más tangible. Se ha propuesto devolverle a la realidad lo que en ella hay de arte, de magia, de creación, y que la fotografía, tan saturados como estamos de imágenes en la era de lo visual, nos ha privado, curiosamente, de poder ver. No quiere engañar a nadie ni engañarse a sí mismo. Es un pintor, en el sentido más auténtico de la palabra.

Palabras. Eso es lo que va naciendo del acto de pintar. Otro acto creativo, el de escribir. No hay que explicar nada, la obra es la explicación. Fue el propio Joaquín quien me dijo eso en el transcurso de una conversación sobre el arte y su significado. Pequeños relatos acompañan a los cuadros porque han nacido de ellos, con ellos; incluso, en ocasiones, antes que ellos. Pero no pretenden darle un sentido a las imágenes. Tampoco las imágenes, mucho más reales, mucho más ancladas al mundo que conocemos, quieren robarle a los cuentos su magia desconcertante. Son criaturas independientes, hijas del mismo padre, auque no parezca posible.

Úbeda. Perdida e imposible. Poblada de seres ensimismados, seres durmientes, seres fragmentados, seres espiados, de recuerdos infantiles (el atlas del mundo en la anatomía paterna) y de miradas indiscretas al espejo. Úbeda es un fragmento de realidad reinventada por el espíritu del artista. Es la búsqueda y el refugio. Está fuera y está dentro. Existe y se pierde en sus cerros, se va, desaparece. Úbeda es la sala, son los lienzos, es Joaquín. Y no es nada.

Elisa Falcón

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