29 de noviembre de 2010

Convulso


Tengo hambre. No lo puedo evitar. Mis tripas se retuercen de ansias dislocadas, de arañazos bajos, de bilis naufragando en la falta. Y mi deseo es tan fácil de complacer.

Te miro, con esos ojitos negros, brillantes. Repletos de terror y agonía. Tus gritos me conmueven. Tu chirriar de uñas rotas y dientes mellados me excitan. Quiero cazarte. Corre antes de que sea demasiado tarde. Que yo también lo haré. Arrebatado de conciencia, poseído por falsa moral. Acudiré al clamor tu sangre. Convulso. Apasionante. Como un animal infecto. Un no muerto que de cerebros tiene hambre.

26 de noviembre de 2010

La noche en blanco

Este sábado 27 de Noviembre, la Galería Stunt también abrirá sus puertas aprovechando la Noche en Blanco lagunera. Si aún no has visto "Traumatología Infantil", no lo dudes, pásate.

17 de noviembre de 2010

15 de noviembre de 2010

De peluches y otra fauna



Tommy
Joaquín Artime © 2010
Crayón sobre papel.
42,2 x 29,2 cm.
Colección particular.
La lealtad de un juguete
De pequeño creía que los juguetes tenían vida. Justo la que había inventado para ellos. Por cosas de un pensamiento egoísta e infantil no había otra opción. El único inconveniente era que no la manifestaban mientras yo estaba presente. Lo cual me hería de forma considerable, por la falta de confianza. Pero tampoco se lo tenía en cuenta.

Trataba de demostrarles que era digno de que me revelasen su secreto. En susurros, para que no nos descubriesen, les aseguraba que yo ya lo sabía, que sólo me faltaba verlo con mis propios ojos.

Al caer la noche, debía dejarlos para cenar y luego irme a la cama. En ocasiones aguantaba despierto hasta bien pasada la medianoche, con los ojos cerrados; cuando me parecía escuchar algún ruido sospechoso, rápido, me incorporaba, encendía las luces, con la intención de sorprenderlos. Otras veces, bajaba sigiloso hasta el sótano, asomaba la cabeza hacia el salón. Nunca llegué a verlos en movimiento, aún así, estaba convencido de que en cuanto me iba, la ciudad que construía, aquella en la que todos tenían su lugar, continuaba su rutina.

Cuando a la mañana siguiente llegaba al lugar, me preguntaba qué maravillosas aventuras habrían vivido en mi ausencia. ¿Gárgamel habría hecho de las suyas?, ¿o tal vez Jafar? ¿Los pitufos habrían recuperado a Pitufina? ¿Los niños habrían vuelto a salvar el pueblo? ¿Habría sucedido algún nuevo romance? Como no podía saberlo, porque no querían que lo supiese, me conformaba con seguir la historia justo donde la había interrumpido.

Pasé mi niñez construyendo la misma ciudad. Una y otra vez. Desde sus cimientos. Siempre con la misma trama. Siempre con distinto resultado. Nunca le di nombre. No fui tan ambicioso. Tampoco hacía falta. La ciudad la hacían sus habitantes, no una palabra.

Con cada ficticio amanecer llegaba un muñeco nuevo. Salían todos de sus casas a darle la bienvenida. Le buscaban un hogar, y se interesaban por quién era. Yo soñaba con muchas fuerzas que un día fuese yo el recién llegado. Sí. Que mágicamente, según bajaba las escaleras hacia el sótano, con cada peldaño que dejaba atrás, perdiese parte de mi tamaño, y fuese al fin apto para que me recibiesen todos mis amigos, aquellos que tan bien conocía, como un juguete más. Sólo que no estaríamos torpemente articulados ni tiesos como maniquís. Seríamos de carne y hueso. Y viviríamos en un mundo real, donde los ríos transportasen agua y no fuesen simples baldosas, y las casas fuesen de bloques y no sillas de madera, o cualquier cajón.

Salvo en mi cabeza, aquello nunca ocurrió. Con el tiempo me hice demasiado grande y, aunque tarde, les di la espalda. Ha llovido mucho desde entonces, pese a todo, aún soy capaz de revisitar aquellas historias. Y aunque no soy el mismo, ellos sí. Conservan el cachito de vida que hace veintitantos años les ofrecí.

12 de noviembre de 2010

Traumatología infantil informa:

Todos los viernes de este mes, de 17.00 a 20.30 h., estaré en la Galería Stunt (C/Bencomo, 7. La Laguna) para atender a quien se quiera pasar. Estaré dispuesto a contestar sus preguntas y aclarar las posibles dudas que tengan.
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Allí espero verles. Un saludo.

9 de noviembre de 2010

El que da título


Traumatología infantil
Joaquín Artime © 2010
Óleo sobre tela.
100 x 100,5 cm.
Colección particular.

Desde muy pequeño comprendió que la soledad le servía para tres cosas: Para ensimismarse y construir ficciones. Para que otros se aprovechasen de su vulnerabilidad hasta límites insospechados. Y para lamerse heridas tristes.

8 de noviembre de 2010

26 puntos de sutura

1 en el ombligo.
2 en los ojos.
3 en la yema de los dedos.
4 en el alma.
5 en la vulnerabilidad de mi cuerpo.
6 en el odio y en el amor.
7 en la suerte no encontrada.
8 en el llanto interior.
9 en las vejaciones sufridas.
10 en los colores de mi paleta.
11 en el miedo.
12 en la envidia de la noche.
13 en todos los viernes que me quedan.
14 en el cerebro cuando tiembla.
15 en el primer beso.
16 en la falta de confianza.
17 en las pastillas tragadas.
18 en mi crecimiento a marchas forzadas.
19 en mi ceguera emocional.
20 en la soledad.
21 en todo el sexo equivocado.
22 en los mil subterfugios.
23 en la huida hacia ninguna parte.
24 en las trampas de un trabajo tan irreal como inestable.
25 en todo el tiempo perdido.
26 en los viejos traumas.

Estas son las heridas de mi batalla. Las incluyo en mi viaje. Las cargo con la cabeza alta. Ya no me avergüenzo por tantos abusos. Ahora acepto que incluso eso, forma parte de mí.

Ya era hora.
¡Felicidades, Joaco!

7 de noviembre de 2010

Infancia, del latín, "In-falere": el que no habla, por Noemi Feo

Cuando los años del artconceptualcentrismo invaden nuestros refugios expositivos, y la distancia con la sociedad es el estrepitoso detonar de la desvinculación entre el artista/obra, elpúblico/contemplador y el crítico/mercado, surgen de temps en temps, algunos osados, que creando otros derroteros, ya conocen que el concepto ha existido siempre, que la idea, sin aquello que, promulgo y predico, que es la Esencia, no sería más que un discurrir hacia la vacuidad de la institución Arte.

En Joaquín Artime brota el signo identitario de esa esencia, una marca hendida en su obra, que opera en el dinamismo de su alabada producción, transitando continuamente en el “Yo” artístico, en el “Su” expresivo. Porque es al fin y al cabo, la obra completa de Artime, una posesión que atesora con celo la olvidada artesanalidad. Aquella de la mano y del útil.

Organizada, aférrima, elaborada en un desplazamiento continuo de la propia posibilidad, que él mismo reconoce como infinita, Traumatología infantil, es una trascendente revelación reconciliadora. El enigma de la infancia, la inocencia de lo lúdico y el placer en sí mismo, se entrelazan, se convierten en senderos que guían hacia un status biográfico, individual. Un laberinto de retrospección, del lograr que la mente, domine durante, cierto lapsus de tiempo, un espacio de la memoria. Observo hoy aquello que fue, pero es por ello por lo que sigo siendo y me convierto en lo que existe y es.

Ahora, siendo lo que es, descubre que no hay nada mejor que mirar al ayer y descontextualizar la propia percepción de algo que inmaterial e inmanente, duerme y de vez en cuando, corretea sigilosamente. Traumatología infantil es una radiografía de la infancia, del propio modo de concebir el cambio, la curiosidad de destapar aquellos grandes misterios que hacen despertar. Una deuda que superar.

No solamente hay que captar la magnificencia de un gran formato, de un cromatismo elaborado, conseguido hasta lo táctil, de una composición liberada, respirable, mensurable, pero a la vez descargada de toda aversión o falso relleno. Contemplar con alevosía la espacialidad de los óleos, el detalle ante todo. Figuración plena, rebosante de júbilo, sin apropiaciones indebidas. La figura representada, se encuentra en una marisma de interrogaciones, una historia que relata esa sección obviada de una infancia; la desubicación, el desconocimiento y la entrega a una sociedad adulta que marca el lugar, el papel a escoger y la obligación de conocer a pasos agigantados.

El pequeño aprende ritos y mitos que ha de cumplir si quiere perdurar en el código social. Debe sucumbir al juego de la doble identidad, disfrazado y consciente de su dualidad. El espejo, testigo cruel del cambio, roba una parte de su sensible alma, para iniciar el juego de la apariencia. No hay reflejo directo de su mirada en el espejo, sí de la captación humana. Una parte de su ser, es devorada, siente que existe “otro”, el que deberá completar su visión. Los seres humanos como el resto de las especies, nacemos incompletos y no preparados biológicamente.

Torpeza, caída, gateos, llantos... en definitiva, una falta de control total de nuestras funciones motoras. La naturaleza no quiere que seamos individualistas, por mucho que creamos hacer lo contrario, y es por ello, que surge un periodo sabio y cruel, en el cual, ya el impetuoso descontrolado siente el manejo y supervisión de la mecánica corporal. Queda más, ya entre los 5 y 18 meses, aproximadamente, es consciente, para mayor tortura, de su imagen reflejada. Es lo que Lacan denomina el “Estadio del espejo”.

La nueva criatura, percibía su cuerpo como partes fragmentadas, manos, muslos, pies, un poco de la nariz. Sin embargo, al reconocerse en el espejo, en una fotografía, en otro niño... adquiere la noción de completud de su cuerpo. Qué dificultad desde edades tan tiernas. Ignorarlo radicalmente es una ventaja, porque no cabe duda, que es justamente ahora cuando adopta una nueva identidad, una imagen externa de sí mismo, un Disfraz del Reflejo, en definitiva, un encuentro perturbador.

Desnudo, sentado y observando. No sé donde está, ni dónde querría estar. Robado del tiempo. No es tan fácil ubicarlo. Espacialidad indefinida, arenas, tierra, lodo, mar... El impetuoso joven, observa con altanería su pérdida, apoya su mano en un terreno borroso, iluminado, pero no delimitado. Solamente una compañía, y encima, inútil, vuelta hacia arriba, hundida y escondida. Ya el pequeño tiene bastante con sus heridas. Quiere buscar. Mejor sentarse y esperar a que el tiempo amaine, pero no en la naturaleza sino en el alma inquieta y solitaria, de aquel que no tiene ni la más remota idea del dónde ni el cuándo. Temeroso.

Espejo, espacios desconocidos y ahora, concreción. Mirada del que se reconoce y mirada perdida de la que comienza, delicada, endeble, casi marmórea en su quietud. Manos convertidas en flores cerradas que buscan afianzar el movimiento de su sutil cuerpo. A su lado, mirada ilusionada, casi reflejo de un milagro. El miedo y la sorpresa de estar acompañado, de una nueva muñeca de carne y hueso, que frágil aparenta y fuerte es. Un lienzo de tonalidades neutras, inertes donde el tiempo no vuelve a repetirse.

Todo aquí es lícito, inmensamente valioso. Utilizando los lápices de colores de su infancia, los mismos con los que creaba sus primeros trazos, conocemos a los testigos de batallas entre ríos sublimes, ejércitos de seres temibles y valerosos, que luchaban para no ser atrapados por bolas gigantes de cascabel, que despertaban a monstruos cuyos nombres es mejor no pronunciar. Solamente un niño podía rescatarlos del pasado y conmemorar las amputaciones de sus extremidades, como trofeos de la victoria. Valiéndose del dibujo, símbolo inmortal, atestigua una parte de ese inicio del caminar, observa un ayer que hoy se culmina hacia delante. Regresa hacia el paso de los años, a través de quienes acompañaron durante las incertidumbres y encuentros inesperados. Un desvanecer, es cada uno de estos dibujos. Un olvido que se evapora cautelosamente, desdibujando el propio contorno, deshaciendo los años y sellando un pacto de superación. Su representación es la dignidad de apreciar lo sutil, delicado y vulnerable. Sus formas se convierten en una evaporación de la memoria, sus colores, en una despedida al tiempo vivido, un recuerdo que debe ser atendido para llegar a ser traspasado. Una nebulosa en la línea, una composición libre y entregada al juego, un vacío atemporal, es su espacio.

Valiéndome de las palabras de Ignacio Vidal Folch en la obra “La cabeza de plástico”, llegadas a mí, de la mano del propio Artime, he deseado que en su honor, sean la representación más directa de las mías y la testificación más completa de esta muestra:

“Cualquier psicoanalista hubiera dicho que revelaban y exorcizaban algún trauma infantil […]; pero probablemente lo que hacen es despertar al nervio dañado del sueño del tiempo, repetir esa época terrible, sin recuerdos ni leyendas personales, que hay que vivir en permanente presente, que es la infancia, de manera que ocupe un espacio vacío en la vida mental del adulto deteriorada por la neurosis: vida mental que, si no fuese por aquel trauma antiguo, más propiamente habría que llamar muerte mental.”

Bienvenidos a la historia d´un enfant terrible.

Noemi Feo

6 de noviembre de 2010

Traumatología infantil, la inauguración

Yo, Noemi Feo y Luis de Arana.
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Ayer inauguramos Traumatología Infantil, una muestra donde presento las viejas dolencias de un periodo tan extraño como maravilloso. Con ella, he tratado de recuperar el nervio dañado de la infancia –como bien diría Ignacio Vidal Folch– con cuadros enigmáticos, limpios de tremendismos y sentimentalismos, de una belleza desconcertante. Los he acompañado de unos dibujos realizados con los mismos crayones con los que comenzaron mis primeros pasos relacionados con las artes plásticas. Dibujos de mis juguetes olvidados, aquellos que se desvanecen en la memoria, que nunca recuperarán su corporeidad, pese a conservar, para siempre, la esencia inquebrantable del que fui para ahora ser.
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Bienvenidos a mi traumatología infantil.
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Gracias, Noemi, Luis. Mis dos tréboles.

1 de noviembre de 2010

Traumatología Infantil

Este viernes 5 de Noviembre a las 21 h. se inaugura en Stunt Galería de Arte (C/ Bencomo, 7. La Laguna. Tenerife.) mi exposición individual Traumatología Infantil, que será presentada por Noemi Feo Rodríguez, licenciada en Historia del Arte.
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La muestra permanecerá abierta hasta el 1 de Diciembre. De martes a sábados de 11.00 a 13.00 h. Y de Lunes a Viernes de 17.00 a 20.30 h.