28 de junio de 2010

El burofax

Sr. Alcalde del Ayuntamiento de la Real Ciudad de Gáldar, C/ Capitán Quesada, 29. C.P. 35460. Gáldar. Las Palmas de Gran Canaria.

Que siendo ganador del concurso XI Certamen de Pintura Ciudad de Gáldar, Premio “Antonio Padrón” que organizó ese Ayuntamiento, con mi obra pictórica denominada “ÍTALO”, y después de varios intentos de llegar a un acuerdo en cuanto al pago del premio por ese Ayuntamiento, o en su defecto devolverme la obra premiada, y sin recibir noticias en cuanto a una u otra determinación, es por lo que les requiero, para que en el plazo de cuarenta y ocho (48) horas, procedan al pago del citado Premio o en su defecto a devolverme la obra de referencia, de lo contrario me veré obligado a la reclamación por Vía Judicial, haciéndoles responsables de todos los daños y perjuicios que se pudiera ocasionar por dicha reclamación.

PD. Si cree oportuno comunicarse conmigo, el número de mi móvil es 6#9 3x *+ 74.

18 de junio de 2010

Borracho de ternura

Me emborraché de ternura, paz y deseo. Al salir de la cantina, mis pasos se perdieron en el horizonte, siguiendo los adoquines de la ciudad de los sueños. Un diablo azul, repleto de escamas plateadas, se plantó en medio del camino. Pregunté qué buscaba. Me aseguró no ser un diablo, sino un dragón. Yo, que para ese entonces no distinguía la diferencia entre un hada y una culebra, le di la razón, evitando cualquier tipo de reyerta. Me pidió que me subiese a su lomo, y lo hice. De una patada, el muy bestia, dejó atrás mi tierra. Cuando ya estábamos volando sobre el océano polar, empecé a creerme eso de que no era un diablo y sí un dragón. ¿Adónde me llevas?, quise saber. Lejos de aquí, hacia las estrellas, comunicó él. Bueno, no tenía sitio mejor donde pasar la resaca, así que me tumbé sobre su espalda.
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Contemplaba el universo, mientras el viento se escurría entre mis dedos, cuando de pronto, el dragón paró de golpe. ¿Qué haces?, me preocupé. Presentarte a la presa de la Luna, me dijo él. En efecto, una pulga redonda y triste, ataviada con un lúgubre paño de rayas negras estaba encadenada a un grillete. Me saludó compungida. Yo, harto de tanto aspaviento, le solté la cadena y la invité a un trago de tequila. Eurípides, que así se llamaba el dragón, consideraba que lo que estábamos haciendo, a esas alturas, era una auténtica demencia; pero llenos de grandes argumentos y buen humor, logramos hacerle beber un trago. Ahí comenzaron nuestros problemas. Y... Y... Bueno, en resumidas cuentas, porque tampoco recuerdo mucho, viajamos de aquí para allá, acosando a las luciérnagas. Cantamos a los cometas, bailamos sobre los anillos de Saturno. Recitamos versos y chistes. Brindamos por la vida de las cigüeñas.
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Cuando desperté en mi cama, con tremendísimo dolor de cabeza, vi una nube, semi desnuda, al otro lado del colchón. Al parecer, me casé con ella. Lo que a nadie sorprendió, porque me tenían por impetuoso y vividor. Ahora, que me quedase con ella, eso sí creó revuelo, pero sólo porque nadie admite que el alcohol desinhibe al corazón de raciocinios. Eso, y que todavía no han probado los estofados de mi Niebla.
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12 de junio de 2010

Cuento los pasos

Cuento los pasos que me separan de ti. Uno. Dos. Tres. Concentrado. Voy lento. Ocho. Nueve. Diez. Me azota tu sonrisa. El brillo de tus ojos. Tus manos viejas de trabajar. Tu pierna izquierda, que ahora es mía. Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco. Los recuerdos de tus bromas. El gorgoteo de tu risa. La tos seca. Tus palabras, siempre conmigo en deuda. Treinta y seis. Treinta y siete. Treinta y ocho. La noche es clara. No hay Luna, ni grillos, ni borrachos. Sólo un perro, que ladra a mi paso, seguro de haber visto un fantasma. Cincuenta y dos. Cincuenta y tres. Las cucarachas se agitan reclamando un reino. Los mosquitos vuelan en busca de una víctima. Sesenta y uno. Sesenta y dos. Sigo en línea recta. Subrayando el camino que tantas veces he dibujado. Ahogando las ganas de gritar de paranoia. De ciego amor. De incomprensión y ataduras. Setenta y cinco. Tengo miedo. Intuición. Memoria y alma. Ochenta. Porque la cruz está cerca. Es una puerta con tu nombre escrito. Una puerta a la que llamo. Ochenta y cuatro. Y en tu lápida, nadie contesta.

9 de junio de 2010

Para siempre

Cuando alguien acude a mis exposiciones, es habitual que, además de contemplar los cuadros, pueda leer los microrrelatos que los acompañan, gracias a un libreto que se encuentra en la sala. Evito que el texto se exhiba en la pared por dos motivos. Para que el público no se equivoque y crea que la obra pictórica es una ilustración del lenguaje escrito, cuando más bien es lo contrario. Y para que no estorbe visualmente a quien sólo quiere ver la pintura (aunque viene siendo la primera explicación la de mayor peso).
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Los libretos, sinceramente, no son nada del otro mundo. Se caracterizan por su sencillez. En ellos se recoge el texto que justifica la muestra, siempre escrito por una mano entendida en la materia. El currículum, para informar a quien lo desee. Y los microrrelatos, siguiendo el riguroso orden de la exposición. No hay pérdida. Cada vez que el visitante pase de imagen, sólo ha de pasar la página para leer el microrrelato correspondiente.
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A pocas horas de clausurarse mi última exposición, fui con una amiga. Ella, todo nervio y emoción, se abandonó a donde mi obra fue capaz de transportarla. Se agitaba entre el asombro y la expectación. Señalando una arruga, un pie, una argolla. Apuntando qué sensaciones la invadían, qué imágenes mentales iba construyendo. Siendo crítica con éste o aquél. Elogiando lo que más le gustaba. Las pestañas, las princesas, los labios, la nostalgia, la pena, la tristeza, los fragmentos. Descifraba contenidos. Levantaba historias.
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Para mí, es la espectadora ideal. Más preocupada en hacerme saber qué es lo que está viendo por primera vez, que en empeñarse en saber cuáles son mis intenciones. Ese acercamiento libre de pretensiones, le otorga vida a la obra, le ofrece una oportunidad por sí misma, sin prejuicios ni suposiciones. Y me ofrece la ocasión de descubrir aspectos nuevos, enriqueciéndome como persona y como artista.
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La magia se quebró cuando al llegar a Tempo –uno de los cuadros– descubrí que en el libreto su microrrelato había desaparecido. No podía creerlo. No sabía qué pensar. Me habían arrancado una hoja. Me sentí asaltado, enajenado, ofendido.
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Vaya, me dijo ella, puedes sentirte completamente orgulloso. A alguien le gustó tanto, que no pudo más que llevárselo. Lo pensé y me reí. Estaba en lo cierto. Si mi ladrón sintió un irrefrenable deseo, si se vio identificado, si se lo llevó con la idea de disfrutarlo para siempre –curiosamente, el título del microrrelato en cuestión–, estaba más que justificado. Además, a esas alturas, no tenía importancia, con casi total seguridad, después de nosotros, nadie más leería el dossier.
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Al final, me pareció entrañable. Aunque, para mi próxima exposición, sólo espero que a todo aquél que le dé un arrebato de posesión ilícita, no se le ocurra llevarse un cuadro.
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