28 de marzo de 2010

Mil veces Henry

Si me lo permiten, a Bukowski

Henry tenía acumulados treinta años de cansancio, a pesar de no haber vivido más de veintinueve. Henry se despertaba cada mañana, agotado, después de una batalla de sueños por domar. Henry se duchaba, Henry leía las noticias, Henry desayunaba palabras sobre blanco, Henry conducía hasta el trabajo. Henry se aburría. Henry odiaba al jefe, Henry odiaba la furgoneta, la mercancía por cargar. Henry se movía en ocasiones lento, en ocasiones deprisa. Henry moría en cada segundo, y si Henry abría la memoria del móvil, le daba la risa. Henry divagaba todo el tiempo. Henry se despistaba, Henry vadeaba las pocas ganas, Henry proyectaba sus esperanzas sobre el asfalto de la autopista. Henry paraba a comer, Henry engullía lo que había preparado con poco esmero la noche anterior. Henry abría un libro, Henry se dejaba transportar a otros lugares, otras vidas. A Henry se le iban las horas, le entraba la prisa. Henry corría. Henry repartía saludos y quetales. Henry sonreía a las cinco. Henry volvía a casa. Henry paseaba solo. Y aunque Henry no supiese cómo funcionaban los mecanismos del pensamiento, Henry se abandonaba a sus juicios. Henry se acordaba de todos los que quería, para alegrarse el rato. Henry chateaba con su madre. A Henry le gustaba el arte. Henry veía películas de terror. Henry bebía. Henry brindaba por lo nunca hecho. Henry bailaba algún tango. Henry se encontraba a Henry en el espejo. Cada día. Siempre Henry.
y
Henry era mil veces él, y mil veces otro.

27 de marzo de 2010

Arcilla


Me alteras. Grabando en la piel, como a fuego, cada instante compartido. Si suspiras, das vida. Si sonríes, cincelas el corazón. Poco a poco, transformas mi dureza, modelas mi sequía. Me manejas como arcilla.